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Canción de hoy - “A Means to an End” de Joy Division. Del disco: Closer (1980)

En 2008, hace cuatro años, aún en el último año de la carrera, escribía sobre canciones de Joy Dvision sin escribir sobre ellas. Hablaba de mi tesis, de Horacio Quiroga, de las camisetas Nike y del soneto inglés. Y sí, también del Coyote Willy. Este texto es una reconstrucción de uno que escribí en esa época.

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Hace poco, la maestra A nos decía lo inútiles que le parecían las conclusiones en una tesis; una idea que he tenido desde hace mucho, pero cuya práctica en mi experiencia académica me ha sido censurada más de una vez. Pero, ¿hasta qué punto las conclusiones son realmente importantes?

¿Qué se dice al final que no se haya podido decir en el transcurso? ¿Esa carnita de la textualidad se encuentra al final como algo que viene a validar lo que ya se ha dicho, como la bendición a la misa o el logotipo oficial con holograma que dice que tus camisetas Nike son de verdad Nike y no “Mike”? ¿Aunque la camiseta te sirva de todos modos y no te haya salido en un ojo de la cara, como habría sido de adquirir la original?

Lo primero que me viene a la mente son esos cuentos de Horacio Quiroga donde pase lo que pase en el transcurso, la hora de la verdad llega con las últimas palabras que hacen que todo encaje, esos cuentos inspirados en aquellos otros de Poe que siguen la misma dinámica. Los que pocos años después se transformarían en los cuentos de Cortázar, donde todo pasa de la misma forma. Y así una y otra vez; todo un sello literario en la conformación del cuento moderno. Pero la imagen particular que surge en mi imaginación es de Quiroga; la del hombre que ve salir y regresar a su hijo de un día de cacería y, de la mano del lector, acepta el hecho sin cuestionarlo (1).

Lo segundo que se me ocurre es también literario y de igual forma, tiene un lugar relevante tanto histórico como estético, y es el punchline del soneto inglés. El final couplet que viene a redondear todo lo que se ha dicho hasta el momento, el giro de sentido cuyo efecto es al mismo tiempo estilístico y lógico. Estilístico, porque contribuye por un lado al efecto que el poema se propone -similar a lo que pasa en los cuentos de Quiroga-. Lógico, porque tiene el poder de transformar sutilmente los versos anteriores, embadurnar todo de algo parecido al “barro de irrealidad” que representa el surgimiento de la ficción en los cuentos de Kafka (2). Una sustancia derivada del mismo compuesto, que funciona de la misma forma y que sin embargo, no tiene tanto que ver con irrealidad como con sentido. Ese momento en que las cosas se vuelven pensables y por ende, reales.

Esto nos lleva a la tercerea evocación; una imagen de la cultura popular. El Coyote Willy cayendo hasta el fondo del Gran Cañón después de haber estado flotando largo rato en el aire, justo cuando se da cuenta de que no hay piso bajo sus pies.

Todo se reduce al punto final, al momento en que dejamos de hablar, cuando nuestro silencio en medio de la conversación se interpreta no como una pausa natural en el habla sino como el término, al momento de la realización –realization-, cuando estamos autorizados a empezar a interpretar, a empezar a leer, porque asumimos que el signo por fin se ha acabado de emitir y ya no hay nada más que agregarle.

¿Todo esto justifica, entonces, que escribamos conclusiones para nuestras tesis? No. De hecho, es todo lo contrario.

El final es algo imposible de evitar, el final como el momento en que dejamos de leer, de escuchar, de ver, de vivir. El final es inherente a la existencia humana -partiendo desde el último de los elementos de la enumeración anterior; característica fundamental de la vida-. Es siempre negativo, siempre el resultado de “dejar de”, que sin embargo, claro, conlleva un “empezar a”, pero no es esto último lo que determina la experiencia del final, sino la carencia. El final implica siempre perder -sin importar cuánto se gane después-.

Es esto lo que vuelve injustificable la conclusión en tanto que el final es inevitable. No necesito escribir una conclusión para decir que ya acabé si voy a acabar de todos modos. O lo que es lo mismo: las cosas que dices en tu tesis adquieren sentido con o sin conclusión, porque el final, ese que no está en manos de quien escribe ni de quien lee, el final verdadero que embadurna las cosas -no sutilmente, como la realidad o como su prima la irrealidad, sino brutalmente, totalmente, como la muerte-, es independiente de cualquier tentativa de contenerlo, y se pitorrea de los patéticos intentos de imitarlo en forma de una conclusión para tu tesis.

El final no existe hasta que él quiere. Las cosas no se acaban hasta que es preciso dejar de leer, hasta que hay que levantar la mirada del papel o la pantalla, porque la muerte entró caminando por la puerta y debes tirarte por la ventana del séptimo piso para que no te alcance. Pero la ironía será tema para otra ocasión. O quizá no.

 

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1 No diré más para no arruinarlo. El cuento se llama “El hijo” y se encuentra disponible aquí.

2 Una idea que desarrollo en un cuento de futura publicación.

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Distintas Latitudes: El post rock latinoamericano: nuestra propia distorsión de la identidad nacional

Ya que no he tenido tiempo de publicar en un rato debido a numerosos compromisos, les dejo un artículo que escribí esta semana sobre el post-rock latinoamericano para la revista Distintas Latitudes:

Umbría en Kalafate

Solo hagan clic en la foto de Umbría en Kalafate para ver en el sitio de la revista. Gracias por leer.

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Tres fragmentos sobre la música

Si bien las palabras se quedan cortas al narrar la experiencia musical, es curioso que cuanta más música oigo, más ganas me dan de escribir. (1)

Acaso es que mis palabras se sienten obligadas a salir, avergonzadas de su existencia, ante esa forma superior de arte que las confronta. (2)

Como avispas azuzadas por el humo, huyen volando, y yo me quedo en silencio por dentro. (3)

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(1) Tuit

(2) Tuit

(3) Tuit

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Canción de hoy: “do re me?” de Kashiwa Daisuke. Del disco: april.#02 (2006)

-Piensa en las cosas aberrantes, atroces, indeciblemente odiosas que ocurren en cada lugar hacia donde nadie está mirando en este momento.

-¿Cómo? No te entiendo.

-Sí, en cada lugar hacia donde tú no estás mirando, ni yo estoy mirando, ni nadie está mirando.

-O sea, ¿te refieres a fantasmas o cosas por el estilo?

-No necesariamente. Te pongo un ejemplo: una madrugada vas a la cocina por un vaso de agua. Bajas la escalera. Te acercas a la pared a prender la luz y justo cuando volteas para seguir tu camino, hay un hombre sentado en el sillón a 90 grados de donde diriges la mirada; no lo puedes ver.

-Pero ese hombre… ¿ese hombre es un fantasma o así?

-Te digo que no necesariamente un fantasma. Podría ser yo, podría ser cualquier hombre desprevenido. Un hombre que va camino a la oficina con la mente en blanco, un hombre que cierra los ojos bajo el chorro de agua tibia después de regresar a casa por la noche, un hombre que toma una siesta después de comer.

-¿Y entonces qué? ¿Serían especies de lapsus durante los cuales la gente se transportaría a otro lado?

-No sé, podría ser. O bien, quizá sólo sean representaciones de hombres, cascarones vacíos sin voluntad; meras corazas.

-¿Como hologramas?

-Tal vez, pero más reales, más presentes, más violentos.

-¿Por qué violentos?

-Imagina otro escenario: estás acostado en tu cama escribiendo con tu computadora en las piernas. En ese momento, del otro lado de la pantalla, levita horizontal el cuerpo de una mujer. Está acostado perpendicular a la pantalla, así que no está en tu campo de visión. Sólo ves un rectángulo y cuatro franjas desenfocadas alrededor. De repente, te incorporas para ir al baño y dejas la laptop al pie de la cama; no hay absolutamente nada más que un vacío frente a ti.

-¿Habría desaparecido así como así?

-Quizá sí, quizá estas cosas tienen muy buen timing. O no, o el cuerpo sigue ahí y simplemente ya no lo puedes ver, quizá sólo se vuelve invisible.

-O puede ser que siempre sean invisibles y nunca podamos verlas. O más allá aún, que no existan y todo esto sea producto de tu imaginación.

-Por favor, es claro que siempre existe esa posibilidad, pero tomarla es lo más fácil. Además, nunca dije que yo pensara así. Sólo estoy imaginando “¿qué pasaría sí…?”

-Bueno, bueno. Entiendo que sólo estamos imaginando la posibilidad, pero no veo por qué tienen que ser cosas “aberrantes”, “atroces” u “odiosas”.

-Un hombre sentado en silencio en tu sala en la madrugada, una mujer levitando encima de tu cama, ¿nada de eso te parece aberrante?

-Son cosas desconcertantes, sí, pero no sé si aberrantes u odiosas.

-Pongamos una situación diferente: imagina que en vez de un hombre o una mujer, vas caminando por una calle vacía y justo a tus espaldas el mundo se arruga como si fuera un pedazo de cartón. Entonces, alcanzas a escuchar un roce de papeles justo en tu nuca, volteas creyendo que son los pasos de alguien que te sigue y entonces lo ves: el mundo como siempre ha sido; ni una arruga, ni un pliegue, liso como un acordeón estirado. Prosigues tu camino y por supuesto, el mundo se vuelve a plegar a cinco centímetros de tu espalda. ¿No te parece eso aberrante, odioso como una risita detrás de la pared de tu cuarto a oscuras, como un disco rayado, o como el ladrido de un perro a la distancia?

-De acuerdo, pero, ¿por qué quedarse en lo aberrante? Es decir, si puede pasar cualquier cosa, ¿por qué imaginamos cosas odiosas, sutil, pero perturbadoramente fastidiosas y no aterradoras en un sentido más… digamos, “clásico”?

-Sencillo, porque lo aterrador es fácil. Para ser aberrante u odioso se necesita más imaginación. Más caminar en la cuerda floja sin caer de un lado ni del otro.

-Lo dices como si el mundo hiciera todo esto de forma consciente.

-¿Quién dice que no? Creo más bien que a veces se aburre de sus espacios vacíos en los que no pasa nada y se cuenta historias que los usan como escenarios. O simplemente dibuja encima de ellos, como un adolescente en la última clase del día que se pone a hacer viñetas en los márgenes en blanco del cuaderno.

-Bueno, y según tu idea, ¿a quién se los enseña para divertirse? Porque los chistes compartidos saben mejor, ¿o no? En los ejemplos que mencionas yo no veo a nadie.

-Tienes razón, pero igual en esos ejemplos se trata más de chistes locales. Digo, hay adolescentes que dibujan en los márgenes y jamás muestran sus creaciones. Además, ¿quién te dice que nadie las ha visto nunca? Eso explicaría tanta gente que ve cosas, desde fantasmas hasta naves espaciales.

-Ah, pero entonces te estás contradiciendo. Hay gente que afirma haber visto monstruos y seres aterradores. Eso querría decir que el mundo no siempre apuesta por la imaginación y el buen gusto.

-Igual no es una decisión propia. Quizá, como a todos nos pasa, un día simplemente amanece sin inspiración y ahí está Pie Grande detrás de un arbusto junto a un desprevenido a quien contarle el chiste.

-Pero entonces dime algo: ¿por qué nunca ha contado un buen chiste? Las teorías conspiracionistas, los monstruos que habitan en las montañas, las historias de fantasmas, los extraterrestres, todos son exactamente la misma cosa. ¿Por qué nunca hacer gala de su imaginación y contarnos una buena historia, algo único, odioso, inefable, ominoso? ¿No apunta todo eso a que nuestra premisa es incorrecta y toda esta conversación fue totalmente estéril?

-Quizá ya ha contado sus mejores chistes pero alguien enloquece cada vez que es elegido como espectador. O quizá tienes razón y esto fue una pérdida de tiempo. No sé. Es de esas cosas que nunca podremos comprobar.

-Lo podremos comprobar el día que haya cámaras dirigidas hacia cada rincón del mundo y una supercomputadora observe hasta el más mínimo movimiento.

-No, no, no, no, no… Cuando eso pase, ni tú ni yo ni nadie estaremos aquí para poder comprobar nada y el mundo no tendrá otra opción más que reírse solo.

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Canción de hoy - “How Was it for You?” de James. Del disco: Gold Mother (1990).

Hoy es mi cumpleaños. Qué mejor momento para dejarles un texto que escribí hace unos años -con una pequeña edición- sobre una gran canción de James. Gracias por leer y escuchar.

En la alcoba

─El principio básico de la empatía es también la mejor frase posible para explicar la perspectiva narrativa. Todo esto viene de aquellas primeras clases universitarias donde los temas “serios” se mezclaban con pop culture, experiencias personales y lo que cayera al plato, resultado que no alcanzábamos a comprender del todo en aquel momento -y quien diga lo contrario está mintiendo-. Ya después lees a Foucault, a Lyotard, a Deleuze, los estudios culturales, lees White Noise de Don DeLillo, donde hay teóricos que hacen Elvis Presley Studies y otros que “no leen otra cosa que cajas de cereal”, y entiendes todo. Es decir, que la forma de interpretar las relaciones entre los objetos culturales de diversas naturalezas, al igual que épocas, se vuelve cada vez más precisa.

Incluso las ideas más disparatadas resultan más o menos pensables y los productos artísticos/culturales/mediáticos parecen guardar relaciones estrechas, así como las ideas; el panorama es, pues, mucho más claro, además de alentador: te atreves a pensar, a escribir libremente, a proponer hipótesis potencial, probablemente equivocadas. El chiste es hacer algo y lo único que se puede hacer en la vida es interpretar -aunque unos años más tarde no leas otra cosa que cajas de cereal-.

Cuando llega ese día, que tampoco dista tanto, pues no se requiere más que adquirir un poco de método, puedes entender más claramente que X profesor haya usado esta canción de James para explicar la dinámica entre distintas perspectivas narrativas en un texto. Más aún, puedes atreverte a proponer que la narrativa muestra aquí uno de sus puntos de relación con la vida, tal y como cuando sirve como reflejo de la memoria o como escenario que muestra cómo el lenguaje estructura el pensamiento, etc. Es decir, que el concepto de empatía puede resumirse usando la misma fórmula que define la existencia de distintas perspectivas -un término tan propio del arte-.

“How Was it for You?” es entonces la canción que apunta en tales direcciones. La frase que se encuentra en el centro de los intentos fallidos de coexistencia entre los seres humanos. Una frase que a su vez es una invitación al ejercicio narrativo -ese que Javier Marías en Corazón tan blanco considera inherente al escenario de la vida marital, particularmente a la cama- y que por tanto, revela sus implicaciones sociales. Porque escribimos para que alguien nos lea y porque inversamente, tenemos hambre de historias, de que nos cuenten cosas que sirvan como escenarios para nuestros pensamientos. Como si las situaciones contenidas en las historias nos invitaran a vernos reflejados en ellas y ser sus actores aunque sea a través de la imaginación.

Por eso quiero que me cuentes qué te pareció. Primero, porque quiero escuchar tu historia y jugar a adoptar tu perspectiva por un instante, a estar en tus zapatos. Segundo, porque quiero saber si fue igual para ti que para mí, saber si hay algún punto de relación entre tú y yo que nos permita coexistir de ahora en adelante. Porque quiero averiguar, finalmente, si los pesimistas sólo quieren molestarnos a todos cuando dicen que hay una brecha insalvable entre las personas que impide la comunicación efectiva. Quiero saber hasta qué punto estoy real e insalvablemente solo y hasta dónde podemos llevar esto, pues luces mejor que Dios en un día soleado.

¿Cómo fue para ti?


1 de Febrero de 2009

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